viernes, 19 de septiembre de 2008

ESP

Recorres carreteras en busca de tu destino, pero te cruzas con cosas asombrosas, situaciones que nublan tus sentidos, que saturan tu razón y te convierten en un devorador de paisajes. No puedes dejar de salir e ir tras curvas, parajes, luces, sensaciones que sacien tus ojos. Bajas la ventanilla, respiras hondo y el olor a bosque mojado inunda tu pituitaria amarilla mientras la pituitaria roja se cabrea, irrita y putea. Pero cuando estos efluvios de tierra la saturan se tranquiliza y te deja proseguir. No sabes cuando va a terminar esta carretera, esperas que nunca. Te encanta girar a la derecha y ver cómo tu grande y ancho neumático delantero levanta gotas de agua de un asfalto aún húmedo.

Te lanzas, ya le has cogido de nuevo el truco a frenar en el último instante. Has olvidado a tu novia mojigata que te obligaba a conducir pisando huevos, ella aducía que se mareaba. No lo niegas, debía ser para marearse, pero como te jodía, no hay nada peor que aminorar, a pesar de no ir deprisa. Pero ahora las cosas han cambiado, conduces un coche de verdad, no la mierda heredada de tu madre que solías conducir, cuando tenias la cabeza suficientemente vacía como para ir deprisa por una carretera de montaña.

Tercera a fondo, se acerca una curva, parece fuerte, frenas, frenas un poco más, metes segunda y desembragas, has invadido el carril contrario, la quieres trazar bien, metes el morro en la curva, estas a mitad de ella y adivinas la salida de la misma y una recta, en la que crees que meterás hasta cuarta. Abres gas, con suavidad pero decisión, todo bien, el motor sube bien, pero entonces ves como un chivato de un color amarillento se enciende encima de la aguja del tacómetro. El pictograma te advierte que ha tenido que encender no sé que mierda de control de tracción. Acabas de dar gas, metes tercera, hasta que la aguja se enfila hasta las siete mil revoluciones, ya entrada la zona roja, y en el momento de meter cuarta aprovechas para desactivar el control de tracción. Hoy no vamos a mirar la media de consumo, vamos gastar los neumáticos y fatigar los musculosos frenos del coche.

En un ataque de sensatez, bajas el parasol y miras la tarjeta del taller, que dice que debes hacer tu próxima revisión a los 35.000 km, miras el odómetro y ves que aún faltan 13.000 km para la revisión, piensas aceite nuevo, vamos a darle candil. Se acerca la próxima curva, frenas otra vez sin ningún tipo de piedad, notas cómo poco a poco el asfalto se va secando, debido a los rayos de sol que penetran a través de las ramas de los plataneros que antiguamente custodiaban las carreteras nacionales. Estas en la curva, esta es rápida, la pasas en tercera, abres gas, tendrías que meter cuarta pero la proximidad de la siguiente curva sólo te deja levantar el pie levemente, dejar al coche bajar mil revoluciones y a media curva volver a abrir gas. Te acercas a un giro a la derecha, frenas, frenas, metes segunda, levantas tu pié izquierdo el motor ruge súbitamente, y sigue ronroneando hasta que decides pisar con el pié derecho con fuerza, diría que casi de forma desalmada, la suela de tus zapatillas se hunde en la moqueta, el chivato del control de tracción se vuelve loco pero no actúa, recuerda que lo has desactivado. Las ruedas traseras animadas por el húmedo suelo, giran y giran, un fino hilo de humo blanco se desprende del centro de la goma, ves como el culo de tu coche empieza a adelantarse, te animas y contra volanteas dando más gas aún. Te crees un dios de la conducción pero sólo eres un imbécil en un coche caro. La siguiente curva es a izquierdas, dejas gas, giras el volante de forma brusca y metes el tren trasero de tu coche en el lugar correcto y das más gas. Pero como he dicho, eres un imbécil en un coche caro, y no tienes ni puta idea de conducir. Finalmente las ruedas traseras pasan a ser las delanteras y otras vez las traseras y con el coche a medio trompear encuentras la zanja que separa el negro asfalto de la cuneta. Tu coche se engancha y cae por un barranco.

Como he dicho eres un imbécil con un coche caro, que además incumplió la promesa que hizo a su ya exnovia de dejar de fumar si se compraban el descapotable con el que soñabas desde hace más de 10 años. Y no has recordado abrocharte de nuevo el cinturón tras estirarte de tu asiento de piel y alcántara para alcanzar los cigarrillos que guardas en la guantera.

Yaces encima de una zarza, no consigues ver cómo ha quedado tu coche. Pero rápidamente te empieza a doler la pierna derecha, la pierna que te ha llevado hasta aquí. No puedes incorporarte, te duele todo el cuerpo, inclinas tu cabeza hacía atrás y ves el firme por dónde venias, calculas que está a unos 10 metros encima de ti, pero te equivocas en el calculo, en realidad y como dirá en el atestado de los mossos d’esquadra has caído por un terraplén de 5,36 metros. Buscas tu teléfono, no está en tu bolsillo, como siempre, y recuerdas que lo cambiaste por el paquete de cigarrillos para no oírlo más, tu ennovia no dejaba de llamar.

Oscurece y escuchas por enésima vez el tono de tu móvil, desesperas y ves claro que lo tienes muy negro. Sabes que morirás aquí sólo y sucio. Te consuela, en tu cutre y espinoso lecho de muerte, pensar en las lágrimas que derramarán por ti tus seres queridos, tus amigos y tu ex novia. Lamentas haberla dejado, te gustaría tirar atrás y que estuviera en el coche para decirte que aminorases. Y tu último pensamiento antes de expirar será para preguntarte quién y cómo informará a todos los que has imaginado en tu funeral.

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